El 21 de mayo de 2003, alrededor de 80.000 aficionados del Celtic de Glasgow tomaron Sevilla. La ocasión lo merecía: 33 años después de que cayera ante el Feyenoord en San Siro, en 1970, su equipo volvía a una final europea. Pero el aliento de los ‘Bhoys’ no sería suficiente para terminar con la sequía; aquella Copa de la UEFA se les escapó de entre los dedos. Dos tantos de un inspiradísimo Henrik Larsson, que gozaba de su esplendor goleador, llevaron el encuentro a la prórroga (2-2). Sin embargo, fue el Oporto de José Mourinho quien se llevó el título, para desolación de ese mar verdiblanco trufado de banderas irlandesas que, aun así, segundos después de consumarse su derrota, tomó aire para seguir haciendo resonar sus cánticos dentro y fuera del Estadio de La Cartuja. Evidenciaban de esta manera que aquel pitido final no era más que un punto y seguido en la historia del club. En el mundo no hay más que un puñado de entidades deportivas cuyos valores puedan trascender el resultado de una final, por importante que esta sea. El Celtic es uno de ellos.

Pero los tiempos de sol y sangría, esos en los que el equipo de Glasgow se codeaba con los grandes hasta bien entrada la primavera, ya han quedado atrás. 16 años después de aquella tarde sevillana, el Celtic no ha vuelto a asomar por ninguna final continental. Mientras, la posición de la liga escocesa en el ranking FIFA de países ha ido cayendo gradualmente, desde la novena plaza de 2003 hasta la 26ª de 2019.

En consecuencia -pero sin dejar de formar parte de la causa-, el Celtic, aun siendo el ganador incontestable de las últimas ocho Premierships en su país, hoy ocupa un rol prácticamente intrascendente en el panorama europeo. En un contexto como el actual, de ensanchamiento de las diferencias económicas y competitivas entre la aristocracia de las cinco grandes ligas europeas y el resto, cada año resulta más complicado imaginar a la afición del Celtic volviendo a vivir una experiencia como la de Sevilla.

Con todo, pese a ese bajón deportivo, el Celtic sigue teniendo argumentos para ser considerado un grande de pleno derecho, con todas las letras. ¿Por qué? Por las mismas razones por las que sus aficionados seguían cantando tras consumarse aquella derrota de 2003.

En el mundo no hay más que un puñado de entidades deportivas cuyos valores puedan trascender el resultado de una final, por importante que esta sea. El Celtic es uno de ellos.

Respeto y responsabilidad

131 años después de su fundación (prácticamente coincidiendo en la fecha con la fundación de Bodegas Franco-Españolas), el Celtic sigue queriendo dar sentido a su razón de ser: la caridad, la solidaridad y la integración. Esa fue la intención con la que el hermano Walfrid, un marista irlandés, creó la institución a finales de 1887. El párroco quería paliar la pobreza y el hambre en el este de Glasgow, una ciudad hasta la que había llegado una numerosa comunidad irlandesa en busca de una vida mejor. De hecho, Walfrid deseaba a su vez que el club fuera un punto de encuentro y un vehículo de integración entre los inmigrantes llegados desde la otra orilla del mar de Irlanda y la población local. En 1888, el Celtic jugó su primer partido, ante el Rangers, un momento fundacional que precedió a unos éxitos deportivos que no tardaron en llegar: la primera liga cayó en 1893, una de las cuatro que lograría en el siglo XIX.

Pero los éxitos, el camino decidido que el fútbol emprendió hacia el profesionalismo durante el siglo XX y el carácter empresarial que enseguida adoptó la entidad no lo han alejado de su esencia. Hoy, más allá de las raíces ‘celtas’ -fusión de los orígenes irlandeses y escoceses del que deriva su nombre- y el carácter católico que se le atribuyó desde sus inicios, lo que sigue haciendo del Celtic un club distinto es su afán por seguir siendo útil a la comunidad que hay a su alrededor.

Además de definirse oficialmente como ‘escocés con unos orgullosos vínculos irlandeses’, al igual que la involucración de BFE y de la marca Bordón con diferentes organización sociales de Logroño, y siendo su principal ocupación el fútbol profesional, el club se ve a sí mismo con un ‘rol más amplio, con la responsabilidad de ser una de las principales instituciones sociales de Escocia a la hora de promover la salud, el bienestar y la integración social’. Los ‘Bhoys’ no se han separado nunca de su cometido fuera de los terrenos de juego, y lideran y emprenden anualmente varias campañas solidarias: puede que los dirigentes del Celtic lo gestionen como un negocio; pero lo que tienen claro en Celtic Park, desde la base hasta la cúspide, es que el fútbol no es solo un negocio.

Sus raíces irlandesas, además, le han ayudado a que su legado goce de un efecto multiplicador a lo largo y ancho del planeta, un mensaje susceptible de ser escuchado y respetado en cualquier rincón hasta el que haya llegado la amplísima diáspora irlandesa surgida de la emigración. Eso, además de hacer del Celtic una interesantísima marca global que puede hacer aumentar sus ingresos gracias a suculentas campañas de marketing, también permite que su discurso de responsabilidad social tenga mucha más difusión, traspasando con facilidad las fronteras escocesa y británica. Quizá en los últimos años algunos hayan perdido la costumbre de apañárselas, estén donde estén, para ver jugar al Celtic, pero el mundo sigue atento cuando el club de Glasgow tiene algo que decir. Su capacidad de influencia y de movilización continúa siendo la de un grande.

Apuesta por el producto de proximidad

En 1967, el Celtic ganó la Copa de Europa, convirtiéndose de este modo en el primer club británico capaz de reinar en el Viejo Continente. Aquel equipo, bautizado como los ‘Lisbon Lions’ -los ‘leones’ de Lisboa, sede de aquella final ante el Inter-, lo formaban futbolistas que habían nacido a menos de 50 kilómetros a la redonda de Celtic Park. Un hito irrepetible y por siempre recordado que, a su vez, funciona aún como prueba irrefutable de las bondades de apostar por el producto local.

Aunque el club nunca ha cerrado sus puertas a los futbolistas extranjeros -jugadores como el propio Henrik Larsson, sueco, o el búlgaro Stiliyan Petrov llegaron a alcanzar los 300 partidos-, sigue confiando en dar oportunidades a los jóvenes que se forman en sus categorías inferiores. De este modo, el mensaje del Celtic, ese que se transmite de generación en generación, impregna también el vestuario. Así se logra que la joya de la corona de la institución, su primera plantilla, respire al mismo ritmo que el resto de la entidad, en armonía con su afición, con su trayectoria, con su esencia. Y con su identidad: en su historia, el Celtic solo ha tenido capitanes escoceses o irlandeses.

En tiempos de inflación futbolística en los que el Celtic no puede ni soñar con competir con las grandes potencias en la puja por el talento continental, esa apuesta por la juventud se ha hecho si cabe más necesaria. Controlar el talento escocés y agudizar la vista y el ingenio en el mercado se ha vuelto imprescindible para sobrevivir.

Puede que hoy el club no tenga más remedio que conformarse con las migajas que le dejan las grandes ligas, pero sigue siendo capaz de mantener su carácter sobre el terreno de juego. Sea su plantilla campeona de Europa como en el 67 o sea solamente capaz de pasar de la fase de grupos de la Europa League, como ha sucedido esta última temporada, permanece inalterable el orgullo de vestir la camiseta verdiblanca.

Celtic v Kilmarnock - Ladbrokes Scottish Premiership - Celtic Park La fidelidad de la afición

La solidez de una hinchada se mide, sobre todo, en los malos momentos. Pese a que está desapareciendo gradualmente del mapa europeo a nivel competitivo y, aunque ayudado por la bancarrota del Rangers, ganar tripletes en Escocia se ha convertido en una rutina que roza el aburrimiento -ya van tres seguidos-, la enorme masa social del Celtic sigue permaneciendo fiel a su peregrinaje semanal, consciente de que acudir al estadio no es un entretenimiento más; animar al equipo, además de un placer recurrente -el club ya acumula 50 ligas-, es una responsabilidad.

Aunque no es raro ver algunas localidades vacías en los partidos ligueros, sus registros de asistencia siguen siendo extraordinarios, superiores con creces a los de muchos conjuntos de las grandes ligas europeas. Esta última temporada, rara vez se han congregado menos de 50.000 hinchas en Celtic Park -con capacidad para 60.400-, alcanzándose en varias ocasiones un lleno casi total. La media en liga en este último curso ha sido de 57.778 espectadores, un número ligeramente superior al de la temporada anterior.

La suya es una fidelidad a prueba de decepciones: tras la eliminación europea a manos del Valencia, que devolvía a los ‘Bhoys’ de nuevo a la rutina de ganar casi sin despeinarse, incluso se mejoró la entrada, pasando de los 57.430 que recibieron a los valencianistas hasta los 58.604 que acudieron al duelo liguero contra el Motherwell, diez días después. Intuían que ganarían, como casi siempre. Y así fue. Pero querían comprobar y afirmar que su club seguía siendo el de siempre: un grande.

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